Histoires de pèlerins · Chemin Français

De O Cebreiro a Santiago con mis padres, quince años después

Siete días de O Cebreiro a Santiago con mis padres, en el verano de 2011: la niebla del primer amanecer, la rodilla de mi padre, el pulpo de Melide y la plaza al final. Quince años después quiero repetirlo con mis hijos.

Jose Ramón juillet 2011 · 7 jours · 160 km

Journée 1 · 16 juillet

O Cebreiro – Triacastela: la niebla que lo empezó todo

Mi padre abrió la puerta de la palloza a las seis y media, miró la niebla que tapaba el valle entero y dijo: «Bueno, pues vamos». No hubo más discurso. Quince años después sigo pensando que así empiezan las cosas importantes.

Habíamos llegado a O Cebreiro la tarde anterior en un taxi desde Pedrafita, los tres callados y con la mochila nueva sobre las rodillas. Mi madre había comprado los bastones en una tienda de deportes de Madrid dos días antes y todavía llevaban la etiqueta. Cenamos caldo y queso del Cebreiro en el mesón, y mi padre, con sesenta y dos años y una rodilla que ya entonces avisaba, dijo que se iba a la cama porque «mañana toca madrugar». Yo no dormí nada.

El amanecer desde el alto es de esas cosas que no se cuentan bien. Un mar de nubes blancas cubría Galicia entera y las montañas asomaban como islas. Bajamos por Liñares y Hospital da Condesa con las manos frías, y en el Alto do Poio, después de la única cuesta seria del día, mi madre pidió el primer café con leche del viaje y se lo tomó mirando al vacío, sin decir nada, con esa cara que ponía cuando algo le gustaba mucho.

La bajada a Triacastela

Lo que nadie nos había dicho es que bajar cansa más que subir. Desde Fonfría hasta Triacastela hay diez kilómetros de descenso entre castaños centenarios, y a mi padre le empezó a doler la rodilla en Biduedo. Bajamos despacio, parando en cada muro, y aprendimos la primera lección: el ritmo del grupo lo marca el más lento, y eso no se discute.

Triacastela nos recibió con una fuente fría y una farmacia abierta. Rodillera, ibuprofeno y una cena enorme. Mi madre apuntó en una libreta cuánto habíamos andado. Esa libreta es hoy este diario.

Distance
20,6 km
Moral
Rayonnant
J'ai dormi à :
Albergue de Triacastela

Journée 2 · 17 juillet

Triacastela – Sarria: por Samos y su monasterio

En Samos, sentados en la escalinata del monasterio, mi padre confesó que no sabía si iba a poder con todo el Camino. Mi madre le dijo: «Hoy solo tenemos que llegar a Sarria». Fue la frase que usamos el resto del viaje.

En Triacastela el Camino se parte en dos y hay que elegir: el ramal corto por San Xil o el largo por Samos. Elegimos Samos por el monasterio y porque mi madre, que estudió en un colegio de monjas, quería verlo. La ruta baja por un valle estrecho, pegada al río Oribio, con aldeas de tres casas y un silencio que solo rompían las vacas.

El monasterio de Samos aparece de golpe, desproporcionado para el pueblo que lo rodea. Nos sentamos en la escalinata a comer bocadillos de tortilla y ahí mi padre dijo en voz baja que no sabía si iba a aguantar. Tenía la rodilla hinchada y siete días por delante. Mi madre no le dejó terminar: «Hoy solo tenemos que llegar a Sarria». Se hizo un silencio, mi padre asintió y volvimos a andar.

El kilómetro que lo cambió

Desde Samos a Sarria el camino sube y baja por bosques de robles y castaños, y en un tramo entre Aguiada y San Mamede nos adelantó un grupo de coreanos que iban cantando. Mi padre, que no habla ni una palabra de inglés, acabó andando con uno de ellos media hora, comunicándose con gestos. Cuando se despidieron, se abrazaron. Ese es el Camino que no aparece en las guías.

Sarria nos pareció una ciudad enorme después de dos días de aldeas. Dormimos en pensión porque mi madre quería ducha propia. Ahora que tengo hijos entiendo que alternar albergue y pensión no es hacer trampa: es durar.

Distance
25,0 km
Moral
Bien
J'ai dormi à :
Pensión en Sarria, habitación triple

Journée 3 · 18 juillet

Sarria – Portomarín: el mojón del kilómetro 100

En Ferreiros mi madre se hizo una foto abrazada al mojón del kilómetro 100 y me dijo: «Guárdala, que un día la vas a querer enseñar». Está en el salón de casa desde entonces.

Salimos de Sarria a las siete con el pueblo dormido. La subida por la calle Maior y las escaleras hasta la iglesia de Santa Mariña nos dejó sin aliento a los tres, y eso que no llevábamos ni diez minutos andando. Después el Camino se vuelve un pasillo entre muros de piedra cubiertos de musgo, con Barbadelo y su iglesia románica como primera parada y un desayuno de segunda vuelta que ya era tradición.

Aquel día conocimos a Marisa, una mujer de Valencia que caminaba sola desde Roncesvalles y que llevaba cuatro semanas en el Camino. Nos contó que había salido «para pensar» y que a esas alturas ya no pensaba nada, solo andaba. Mi madre y ella se hicieron inseparables hasta Santiago y siguen escribiéndose hoy.

El kilómetro 100

En Ferreiros vimos el mojón del kilómetro 100 y ahí caí en la cuenta de lo que estábamos haciendo. Nos hicimos la foto todos, y otra mi madre sola, abrazada a la piedra como si fuera un familiar. Cruzar el embalse de Belesar para entrar en Portomarín, con la escalinata al final y el pueblo entero trasladado piedra a piedra cuando inundaron el valle, fue el primer momento en que mi padre dijo «esto lo vamos a acabar».

Consejo que aprendí ese día y que repito a todo el que me pregunta: los pies se vendan antes de que aparezca la ampolla, no después.

Distance
22,2 km
Moral
Rayonnant
J'ai dormi à :
Albergue municipal de Portomarín

Journée 4 · 19 juillet

Portomarín – Palas de Rei: la etapa de las conversaciones

En la subida a Sierra de Ligonde mi madre me contó cosas de su infancia que nunca me había contado. Tres personas andando en fila india hablan más que en veinte comidas de domingo.

El día empezó gris y con la sensación de que el cuerpo protestaba por todo. La salida de Portomarín por el puente y la subida entre pinos hasta Gonzar se hace mejor sin mirar el reloj. Mi padre iba delante, con su rodillera, marcando un ritmo que ya no cambiaría en todo el viaje: lento, constante, sin parar en las cuestas.

En Castromaior desayunamos por segunda vez y mi padre descubrió el caldo gallego a media mañana. No volvió a pedir otra cosa en cinco días. Aprendí que en el Camino se come cuando hay dónde, no cuando toca, y que un bar con la puerta abierta a las diez de la mañana es un regalo.

Ligonde

La subida a Sierra de Ligonde es larga y sin sombra, y fue donde mi madre empezó a hablar. Me contó de su pueblo, de su padre que emigró a Alemania, de un novio que tuvo antes que mi padre y del que mi padre, que iba diez metros por delante, se enteró aquel día. Se rieron los dos. Tres personas andando en fila india hablan más que en veinte comidas de domingo, porque nadie tiene que mirar a nadie a la cara.

Palas de Rei apareció cuando ya no lo esperábamos. Cenamos en un bar con el Tour de Francia puesto y nos acostamos a las nueve como niños.

Distance
24,8 km
Moral
Bien
J'ai dormi à :
Pensión en Palas de Rei

Journée 5 · 20 juillet

Palas de Rei – Arzúa: la etapa larga y el pulpo de Melide

Melide, pulpo a las once de la mañana, tres platos y una jarra de ribeiro. Mi padre lo llamó «la mejor decisión del viaje». Yo lo llamé «el motivo de que la tarde se hiciera eterna». Los dos teníamos razón.

Sabíamos que era el día duro y aun así nos sorprendió. Salimos de Palas de Rei con la fresca, cruzamos el río Pambre y el tramo de bosque hasta Leboreiro fue de lo más bonito del viaje: puentes medievales de un solo ojo, sombra de castaños, el ruido del agua. Marisa, la valenciana, nos alcanzó en Casanova y ya no nos separamos.

En Melide hicimos la parada obligada en una pulpería. Eran las once y media de la mañana y la pulpería estaba llena de peregrinos con las botas desabrochadas. Con quince años de perspectiva, comer así a media etapa fue un error maravilloso que volvería a cometer. Lo que no cuento en casa es que en esa mesa, con el horario de autobuses en el móvil, pensé en dejarlo. Lo he contado en otro sitio, en un relato aparte.

De Melide a Arzúa

De Melide a Arzúa hay muchos repechos cortos y traicioneros. A mi padre le dolía la rodilla desde Boente y bajamos el ritmo a paso de procesión. Aprendimos a caminar al paso del más lento y a no convertirlo en un problema: nadie dijo nada, nadie miró el reloj. En Ribadiso, el albergue junto al río nos tentó tanto que casi nos quedamos; mi madre dijo que a Arzúa se llegaba ese día, y se llegó.

Entramos en Arzúa a última hora de la tarde, molidos, y cenamos queso de tetilla con membrillo. Aquella noche dormimos como no habíamos dormido en años.

Distance
28,5 km
Moral
Fatigué
J'ai dormi à :
Albergue privado en Arzúa, literas bajas

Journée 6 · 21 juillet

Arzúa – O Pedrouzo: el día que aflojamos

Llovió toda la mañana y no importó. Mi madre iba cantando bajo el poncho canciones de Serrat. Creo que fue el día que los tres entendimos que ya no queríamos que se acabara.

Etapa corta a propósito, y con lluvia. La rodilla de mi padre aguantó gracias a la rodillera de la farmacia de Arzúa y a un ritmo de paseo dominical. Salimos tarde, a las ocho y media, cosa que en el Camino es casi mediodía, y no nos importó nada.

El tramo de eucaliptos entre Salceda y Santa Irene, con la lluvia fina y el olor a tierra mojada, es de mis recuerdos favoritos de todo el viaje. Casi no hablamos. No hacía falta. Mi madre cantaba «Mediterráneo» bajo el poncho y mi padre, que odia a Serrat, la dejaba cantar.

Parar por parar

Paramos en cada bar que encontramos, no por hambre, sino por no dejar de estar allí. En A Calzada un señor mayor nos selló la credencial en el porche de su casa y nos regaló tres cerezas a cada uno. En Santa Irene, la capilla nos pareció la iglesia más bonita del mundo, seguramente porque era la última antes de Santiago.

En O Pedrouzo hicimos la colada, jugamos a las cartas y planeamos la llegada del día siguiente como si fuera una operación militar: hora de salida, punto de encuentro, quién llevaba la cámara. Nadie dijo que era la última noche.

Distance
19,3 km
Moral
Bien
J'ai dormi à :
Albergue en O Pedrouzo

Journée 7 · 22 juillet

O Pedrouzo – Santiago: la Praza do Obradoiro

Mi madre se sentó en el suelo de la Praza do Obradoiro, miró la fachada de la catedral y se echó a llorar. Mi padre le puso la mano en el hombro y no dijo nada. Yo hice la foto que hoy tengo en el salón.

Salimos de noche, con frontales, por el bosque de eucaliptos hacia Amenal, y por primera vez en siete días mi padre iba el último: no por la rodilla, sino porque no quería llegar. En el Monte do Gozo vimos las torres de la catedral, pequeñas y lejanas, y nos abrazamos como si ya hubiéramos llegado. Todavía quedaban cuatro kilómetros y medio de asfalto que se hicieron eternos.

Entramos por la Porta do Camiño, bajamos por Casas Reais y al pasar bajo el arco del Pazo de Xelmírez, con la gaita sonando, se acabaron siete días y empezó otra cosa. Mi madre se sentó en el suelo de la plaza, miró la fachada y se echó a llorar sin ruido. Mi padre le puso la mano en el hombro. Yo hice la foto.

Quince años después

Fuimos a la misa del peregrino, vimos volar el botafumeiro y comimos en una taberna de la rúa do Franco hasta que nos echaron. Marisa nos regaló una concha a cada uno. Mi padre durmió catorce horas seguidas.

Quince años después mi padre ya no puede caminar veinte kilómetros y mi madre nos lo recuerda cada verano. Mis hijos tienen ahora nueve y doce años. El plan es hacer estos mismos siete días con ellos, empezando en la misma palloza de O Cebreiro, y que sean ellos quienes lleven la cámara. Si estás pensando en hacer el Camino con tus padres, no lo pienses más. Tenemos menos veranos de los que creemos.

Distance
19,4 km
Moral
Rayonnant
J'ai dormi à :
Hostal en el casco viejo de Santiago, dos noches