Día 1 · 16 julio
O Cebreiro – Triacastela: la niebla que lo empezó todo
Mi padre abrió la puerta de la palloza a las seis y media, miró la niebla que tapaba el valle entero y dijo: «Bueno, pues vamos». No hubo más discurso. Quince años después sigo pensando que así empiezan las cosas importantes.
Habíamos llegado a O Cebreiro la tarde anterior en un taxi desde Pedrafita, los tres callados y con la mochila nueva sobre las rodillas. Mi madre había comprado los bastones en una tienda de deportes de Madrid dos días antes y todavía llevaban la etiqueta. Cenamos caldo y queso del Cebreiro en el mesón, y mi padre, con sesenta y dos años y una rodilla que ya entonces avisaba, dijo que se iba a la cama porque «mañana toca madrugar». Yo no dormí nada.
El amanecer desde el alto es de esas cosas que no se cuentan bien. Un mar de nubes blancas cubría Galicia entera y las montañas asomaban como islas. Bajamos por Liñares y Hospital da Condesa con las manos frías, y en el Alto do Poio, después de la única cuesta seria del día, mi madre pidió el primer café con leche del viaje y se lo tomó mirando al vacío, sin decir nada, con esa cara que ponía cuando algo le gustaba mucho.
La bajada a Triacastela
Lo que nadie nos había dicho es que bajar cansa más que subir. Desde Fonfría hasta Triacastela hay diez kilómetros de descenso entre castaños centenarios, y a mi padre le empezó a doler la rodilla en Biduedo. Bajamos despacio, parando en cada muro, y aprendimos la primera lección: el ritmo del grupo lo marca el más lento, y eso no se discute.
Triacastela nos recibió con una fuente fría y una farmacia abierta. Rodillera, ibuprofeno y una cena enorme. Mi madre apuntó en una libreta cuánto habíamos andado. Esa libreta es hoy este diario.
- Distancia
- 20,6 km
- Ánimo
- Radiante
- Dormí en:
- Albergue de Triacastela