고백 · 프랑스길(까미노 프란세스)

Confieso que en Melide quise dejarlo

Una confesión de mi Camino con mis padres: el momento exacto, con el pulpo delante y el horario de autobuses en el móvil, en que estuve a punto de rendirme, y lo que me hizo seguir hasta Arzúa.

Jose Ramón 9 9월 2026
Nunca se lo he dicho a mis padres: en Melide, con el pulpo delante y el móvil debajo de la mesa, busqué el horario de autobuses a Santiago.

Era el quinto día desde O Cebreiro. Llevábamos veintiocho kilómetros previstos, la etapa más larga de todas, mi padre cojeaba desde Boente y yo tenía una ampolla del tamaño de una moneda de dos euros en el talón izquierdo. A las once y media de la mañana nos sentamos en una pulpería de Melide, con las botas desabrochadas debajo de la mesa, y mientras mis padres brindaban con ribeiro y se reían de una anécdota de la pensión de Palas, yo saqué el móvil con disimulo y busqué el horario de autobuses a Santiago.

Había uno a las cuatro. Lo miré durante un minuto entero. Pensé en decir que me dolía el pie, que era verdad, y en proponerles seguir ellos dos y esperarles en Santiago en una cama de hotel. Tenía la frase preparada. Sabía exactamente cómo la iban a recibir: mi madre diciendo que claro, hijo, y mi padre callado.

Lo que pasó en vez de eso

No dije nada. Pedí otra ración de pulpo. Mi madre me miró como me miraba cuando tenía diez años y quería dejar el equipo de fútbol, esa mirada que no juzga pero que lo sabe todo, y dijo: «Hoy solo tenemos que llegar a Arzúa». Era la frase que llevábamos usando desde Samos, cuando mi padre dudó en la escalinata del monasterio. Ahora me tocaba a mí.

Llegamos a Arzúa a las siete de la tarde, con la luz ya larga, después de una tarde eterna de repechos entre Boente y Ribadiso. Mi padre iba el último, con su rodillera, sin quejarse. Yo iba el penúltimo, con la ampolla, sin quejarme. Nadie habló del autobús porque nadie sabía que había existido.

Por qué lo cuento ahora

Que el Camino no se hace de golpe: se hace hasta el siguiente pueblo, y luego hasta el siguiente. Que los días duros tienen tanto valor como los bonitos, y que a veces son los mismos. Y que confesar que quisiste dejarlo no quita nada; al revés, lo hace más verdad. Mis padres leerán esto, seguramente. Mamá: sí, lo pensé. Y sí, ya sé lo que vas a decir.

Si estás en Melide pensando en ese autobús: come el pulpo, descansa media hora y camina hasta Arzúa. Solo hasta Arzúa. Mañana ya se verá.